Suena mi móvil. Una voz femenina con acento extranjero.
- Hola
- Hola
- ¿Tas ocupado?
- No, ahora no (acabo de reconocer la voz, es mi vecina brasileña)
- Es que quería hablar contigo de lo de ayer
(¡Dios mío qué me va a contar! Muy rápido mi cerebro me pasa la información de que seguramente, quiere hablar con su marido que se llama igual que yo, y se ha confundido de número)
- Luciana ¿sabes quién soy?
- Pues claro (risas)
(Esto no me cuadra)
- Luciana soy Solojose el padre de Lucía (mi hija va a clase con la suya)
- Si, hombre, ya lo sé (más risas)
(Yo descolocado)
- ¿Tas ocupado? (Repite)
- Pues no (¿Qué querrá? ¿Darme la enhorabuena por lo del trabajo? Yo creo que no lo sabe)
- No… es que como me hablabas ayer de lo de tu amigo
(A mí que me registren que yo ayer no hablé con ella)
- Luciana, que soy el padre de Lucía, ¿lo sabes verdad? (Insisto)
- Claro hombre (Risas, ¿yo descolocado y a ella le divierte la situación?)
(Me empieza el tembleque, yo tengo claro que ella piensa que está hablando con su marido, y me imagino que va a empezarme a soltar cosas como
qué bien lo pasamos anoche o
eres mi tigre preferido)
- Y ¿de qué amigo te he hablado ayer, de mi amigo brasileño? (hace meses que no le hablo de él)
- ¡Ay! (Espacio. Se acaba de dar cuenta) Eres el papá de Lucía (Claro, te lo llevo diciendo un buen rato) Discúlpame que estaba llamando a otro Jose (Vaya, ya lo sabía) Perdona.
- No te preocupes (Me río)
Han pasado dos minutos y catorce segundos de confusión.
Anda que si me llego a callar y la dejo que suelte por la boquita, ¿qué secretos hubiera llegado a conocer?